La ilusión del marcador
¿Por qué el bando que mata más puede ser el que pierde la guerra? La respuesta no está en el campo de batalla, sino en nuestra ceguera estratégica. Seguimos obsesionados con la contabilidad de bajas mientras los grupos insurgentes ganan la única batalla que importa: la legitimidad ante la población. Un análisis sobre el colapso del ‘marcador’ en los conflictos modernos.
I. ¿Quién gana realmente a quién?
Esta pregunta, que hoy parece tener una respuesta clara en los titulares de prensa —basada en conteos de bajas, ataques repelidos o territorios «liberados»—, es probablemente el mayor engaño de la geopolítica moderna. Nos hemos acostumbrado a leer la guerra como si fuera un partido de fútbol: un marcador de goles, un tiempo reglamentario y un vencedor que levanta la copa. Sin embargo, cuando los Estados modernos y los grupos insurgentes se enfrentan, el terreno de juego no es un campo de batalla, sino la percepción de la realidad.
En los conflictos híbridos contemporáneos, ganar batallas tácticas es a menudo la forma más efectiva de perder la guerra estratégica. Vietnam no se perdió por falta de potencia de fuego, sino por la incapacidad de entender que el objetivo no era la aniquilación del enemigo, sino la construcción de una legitimidad que nunca existió. Afganistán, tras veinte años de presencia, se nos presenta hoy como una derrota, cuando para los estrategas de la contención fue, durante dos décadas, un anclaje perfecto para vigilar los flujos de poder de tres potencias rivales: Rusia, China e Irán.
Cuando un gobierno anuncia que ha eliminado a cincuenta insurgentes en el Sahel, la opinión pública aplaude el «éxito». Pero ¿qué ocurre cuando, al día siguiente, el resentimiento de la población ante la dureza del Estado convierte a esos cincuenta muertos en cien nuevos reclutas para el yihadismo? Estamos ante un fenómeno donde el «vencedor» es quien mejor gestiona la erosión del adversario, no quien tiene más cadáveres sobre la mesa. Y mientras Occidente se obsesiona con el contador, grupos como Al Qaeda han aprendido a jugar un juego mucho más peligroso: la paciencia del «Presidente Sombra».
II. La trampa del contador: Por qué el éxito táctico es el preludio del fracaso
Si la victoria fuera una cuestión de aritmética, la historia reciente sería radicalmente distinta. Estados Unidos, en Vietnam, ganó la inmensa mayoría de sus enfrentamientos directos; sus bajas fueron una fracción de las que infligió al enemigo. Sin embargo, aquel despliegue de fuerza no fue una victoria, sino una lenta demolición de la legitimidad política. ¿Cómo es posible que el bando que «mata más» pierda la guerra? La respuesta es que, desde el siglo XX hasta hoy, el objetivo de la guerra no es el cadáver del adversario, sino el control de la arquitectura de poder.
Cuando las potencias occidentales desplegaron sus fuerzas en Afganistán, el discurso oficial se centró en la «lucha contra el terrorismo» y la «reconstrucción nacional». Pero, al retirar el velo de la propaganda, descubrimos un objetivo mucho más pragmático: el mantenimiento de un anclaje geoestratégico permanente en el corazón de Eurasia. Para los estrategas en Washington, la guerra en Afganistán no era un proyecto para «ganar» al Talibán —un objetivo que sabían inalcanzable sin una estructura social sólida—, sino una plataforma de contención para vigilar los flujos de poder de tres potencias rivales: Rusia, China e Irán.
El problema surge cuando la población, tanto la del país ocupante como la del ocupado, sigue midiendo el éxito por el marcador tradicional. El ciudadano espera que la guerra termine, que los objetivos se cumplan y que la seguridad regrese. El estratega, en cambio, opera bajo la lógica de la gestión de la tensión. En este paradigma, una guerra «ganada» —es decir, finalizada con éxito y con la retirada de las tropas— es, a menudo, un error estratégico: significa perder el control sobre un punto clave del mapa.
Por ello, hemos vivido décadas de conflictos donde la victoria final nunca llega, porque la guerra misma se ha convertido en la infraestructura de influencia. Pero mientras los Estados se distraen jugando con este tablero de sombras, han ignorado un nuevo actor que ha aprendido a jugar bajo reglas diferentes. Un actor que no necesita ganar batallas para vencer, porque su objetivo no es la defensa de un mapa, sino la conquista de la voluntad. Es aquí donde el juego cambia: mientras unos cuentan bajas para justificar su presencia, otros están construyendo, desde el silencio, el Estado que ocupará el vacío.
III. La estrategia del silencio: El «Presidente Sombra» y la conquista del vacío
Mientras los Estados se desgastan en la trampa del contador de cadáveres, Al Qaeda ha perfeccionado una estrategia que resulta invisible para el observador superficial: la paciencia del «Presidente Sombra». Tras el estrepitoso fracaso mediático de Daesh —cuya obsesión por la espectacularidad y la ocupación territorial los convirtió en un objetivo militar directo y unánime—, la galaxia de Al Qaeda ha optado por el camino inverso. Su victoria no se mide por la bandera izada sobre un edificio gubernamental, sino por la profundidad de su infiltración en el tejido social.
Su «estrategia de silencio» consiste en dejar que el Estado, ahogado por su propia ineficiencia y sus abusos contra la población, se convierta en su mejor agente de reclutamiento. En Siria, Al Qaeda no necesitó conquistar Damasco para influir en el destino del país; supo dar un paso al costado cuando fue necesario, permitiendo que actores locales y redes de influencia afines ocuparan el espacio. No perdieron, simplemente externalizaron el coste de la gobernanza mientras retenían el poder real sobre el marco legal y social.
Esta es la lección que ahora aplican con escalofriante precisión en el Sahel y Somalia. Saben que un gobierno que «mata» a cien insurgentes, pero ignora el hambre, la falta de justicia local o el expolio de recursos de la población, está entregando su propio territorio. Cuando el ciudadano del Sahel ve que el Estado nacional representa la represión y la corrupción, mientras que la insurgencia —bajo la fachada de la sharía— ofrece una justicia previsible y una estructura de orden, la lealtad cambia de manos sin necesidad de un solo disparo adicional.
Para Al Qaeda, el Estado es una cáscara que se va vaciando de contenido a medida que se desgasta combatiendo un enemigo que no busca «ganar» una batalla, sino sobrevivir a la tormenta. Ellos no necesitan una victoria táctica mañana; les basta con seguir operando en el vacío que dejan los gobiernos. Al final, cuando el Estado nacional se derrumbe bajo el peso de su propia deslegitimación, ellos no tendrán que «tomar» el poder por la fuerza: simplemente entrarán en el edificio porque ya son quienes gestionan la vida de las personas que viven dentro.
IV. La lucha contra el fantasma: Confundir al terrorista con el islamismo
«El error estratégico es más profundo de lo que las métricas militares alcanzan a ver: en el Sahel no se está librando una guerra contra el terrorismo, sino una batalla por el alma de las sociedades africanas frente al avance del islamismo político. Los gobiernos, cegados por la urgencia de presentar resultados tácticos, han reducido la amenaza a una cuestión de hombres armados, ignorando que el fusil es solo el instrumento final. Mientras los Estados se enfocan en la ‘neutralización’ de los combatientes, el islamismo se expande como un proyecto social, educativo y jurídico que llena el vacío donde el Estado brilla por su ausencia.
Dejar la gestión de esta crisis en manos de tecnócratas que no comprenden la naturaleza ideológica del enemigo no es solo un error táctico; es una sentencia. El resultado de esta miopía no será la paz, sino el sometimiento absoluto de una población que, ante la inoperancia de sus gobernantes, terminará aceptando una estructura islamista no deseada, simplemente porque es la única que promete un orden, aunque sea bajo la bota de la sharía. Hemos cambiado la lucha por la libertad por la lucha contra un fantasma, y ese es un camino directo a la derrota civilizacional.»
V. El pacto de la fatiga: Cuando el extremismo se vuelve pragmático (Conclusión)
Todo este proceso de desgaste nos lleva a una conclusión que las cancillerías occidentales aún no se atreven a pronunciar en voz alta, pero que ya se dibuja en el horizonte estratégico: llegará un punto en el que, para Occidente, será más rentable pactar con un gobierno regido por la sharía que seguir sosteniendo la ficción de un Estado aliado fallido.
La historia reciente nos ha enseñado que el «marcador de bajas» tiene un límite presupuestario y político. Occidente sufre de fatiga de intervención. Sostener gobiernos corruptos, inestables y carentes de visión de futuro en el Sahel (o en cualquier otra latitud) supone un agujero negro de recursos militares y económicos que no garantiza ni la seguridad ni la contención migratoria.
Frente a ese caos, la alternativa yihadista —una vez consolidada en el poder— deja de ser vista como una amenaza terrorista inminente para transformarse en un «actor estatal de facto». Un gobierno extremista que controla el territorio ejerce el monopolio de la violencia y establece un orden estricto (aunque sea bajo la sharía) ofrece algo que la diplomacia internacional valora por encima de los derechos humanos: previsibilidad.
Ya lo vimos en Afganistán, donde la necesidad de «cerrar la página» llevó a Washington a negociar la paz con los mismos talibanes que estuvieron combatiendo durante dos décadas. El mensaje para el futuro del Sahel es claro y desolador. Cuando la victoria militar es inalcanzable y la población local ha abandonado a sus propios gobernantes, la comunidad internacional preferirá la «estabilidad del verdugo» al caos de un aliado inútil.
Así se pierden realmente las guerras modernas: no con una rendición formal en el campo de batalla, sino con un apretón de manos en un despacho, reconociendo que el enemigo, al no haber sido derrotado, se ha ganado el derecho a gobernar.
